Era el final de los años 60. Al incorporarme viví todo el proceso de los ensayos de una compañía profesional adulta con trayectoria, la mayoría de su elenco anteriormente había constituido la Compañía de Teatro del Magisterio UPECH, era la única que existía en la ciudad y a la cual yo iba los días domingos a ver desde que tenía 10 años a calle Vivar donde se hacían presentaciones de obras de teatro infantil, pero con todas las de la ley, o sea escenografia, vestuario, iluminación, maquillaje. Eran actores adultos que representaban los tradicionales cuentos, como "Caperucita Roja", "Pinocho", entre otras. Me maravillaba con la actuación de Jaime Torres o de Elide Rodríguez y las escenografías o muñecos hechos por el profesor-artista Atalibar Rojas. Era demasiado mágico para un niño de 10 años que sufría de bullying (eso lo sé ahora). Por eso cuando me invitan a la Agrupación Teatral Iquique ya sabía quienes eran ellos. Actúe en dos obras, la primera fue “Réquiem para un Girasol” de Jorge Díaz, ese fue mi debut en el rol de Evaristo, un ciego que pedía limosna en las puertas de un cementerio. Viví mi primera experiencia con un teatro vocacional, lo hacían por vocación, pero totalmente profesional por donde se le mirase, además tenían su propia sala en calle Baquedano, se había levantado un escenario. Ese espacio era la casa de la Cultura de la Universidad del Norte, el mismo espacio que posteriormente en los años 70 ocupó el grupo de teatro TIUN (1973-1978) que dirigió Guillermo Jorquera.
Se cumplió la temporada y vino un segundo montaje con mayor proyección y expectación en la comunidad, era una comedia musical de Armando Mook, “Señorita Charlestón”, con la cual recorrieron otras ciudades y me tocó a mi la segunda temporada haciendo un reemplazo del Mozo, actuamos en Iquique y luego fuimos a actuar al Casino de Arica. Pero yo ya estaba terminando la Educación Media en el Liceo de Hombres de Iquique, rendí la Prueba de Actitud Académica y me fui a Santiago a estudiar Licenciatura en Artes en la Universidad de Chile, tenía clases entre la escuela que estaba en Pedro de la Barra y el Museo de Bellas Artes, fecha en que el Museo se incendió y sólo quedaron algunas salas habilitadas donde que entrar por las ventanas, allí nos encontrábamos con Miriam Salinas (UNAP, Ediciones Campus)) quien estudiaba en la Escuela de Canteros. Ese año trate de estudiar Teatro paralelamente en la U. de Chile, no eran compatibles los horarios, pero no hubo obra de teatro que no viera, clásicas como “Nos tomamos la Universidad” de Sergio Vodanovic, “El Evangelio según San Jaime”, de Jaime Silva y cuanta obra de vanguardia. Eran ya los 70, el movimiento hippie en Santiago se hacia notar al ritmo de los Beatles y el go-go y la psicodelia la lideraba el grupo de danzas de Vicky Larraín. Mis profesores en el Bellas Artes eran Marta Colvin, y José Balmes.
Las obras con desnudo en vivo era pan de todos los días y la huelgas al Gobierno de Frei Montalva detenían al país. No había presupuesto familiar que aguantara tener un hijo en Santiago, sin clases y pagando pensión cuando podía haber otras opciones en Iquique y así fue. Me vine a Iquique a estudiar Pedagogía en Educación General Básica en la Escuela Normal. Tenía 20 años. Allí formé el grupo de teatro de la Escuela Normal de Iquique, junto a un grupo de compañeros (Lorenzo Fernández, Tania Rojas, Santiago Mena, hoy todos profesores) ensayábamos obras de creación colectiva, teatro físico, de vanguardia -toda la influencia de lo que había visto en Santiago- en lo alto del edificio de la Protectora de Estudiantes, (Frente a la Plaza Prat, edificio ex Universidad de Tarapacá) con entrada por calle Pedro Lagos. Vuelvo a Santiago a hacer la práctica como profesor y ha seguir viendo teatro, y asistiendo a cuanta exposición existiera. Viví también un año en Estocolmo (Suecia) y aprendí Maquillaje Teatral. Así no he parado hasta hoy. Empecé de adolescente, continué de joven, me perfeccioné y consolidé de adulto, tengo ni propia “escuela” de enfrentar la creación y la dirección teatral con base en Stalinslavski y lo aprendido y compartido con Jaime Torres, Guillermo Jorquera, Ramón Núñez, Fernando González, Abel Carrizo, Alfredo Castro, Mauricio Celedón, Andrés Pérez, Verónica García Huidobro, Gloria Canales entre los que recuerdo en estos momentos.
No puedo dejar eso si, sin traer de mi memoria mi experiencia vivida antes de los 17, un teatro más aficionado, pero igualmente serio. Es la experiencia de haber participado en la obra “Nadie puede saberlo” de Enrique Bunster, que un grupo de jóvenes de la Iglesia Metodista de Iquique, dirigidos por su pastor Eduardo Stevens presentó para el Día de los Talentos en el escenario que había en los comedores del internado del Colegio Inglés, años anteriores ya habíamos presentado una Zarzuela cómica y un desfile de modas con material de reciclaje. En “Nadie puede saberlo” me tocó hacer el rol del periodista.
Ahora que rememoro y recuerdo mi ingreso en los 70 al TIUN, Tenor, luego de la gran cantidad de cursos de perfeccionamiento en Teatro, del diploma de Monitor Teatral, las pasantías de especialización en las Escuelas de Teatro de la U. Chile, en la Universidad Católica, de trabajar como profesor de teatro en la Escuela Artística, la creación de la Compañía Viola Fénix, la creación de los textos para teatro infantil que han montado varios grupos del país y de la región, los lazos adquiridos con actores y directores de renombre a nivel nacional, de hacer clases en varias universidades locales de Pedagogía Teatral, y de rescatar de la memoria la historia y los personajes del teatro local en libros para que estén al alcance de todos en todo el país, me parece que no volviera a los 17, sino que siempre para mi los 17 han estado presente. Recuerdo que le dije a Ramón Jorquera, director del Grupo de Teatro Nomás, luego de hacer mis pasantías en las universidades tradicionales: “me dí cuenta que en las Escuelas de Teatro se paga para estar en los elencos y estar en vitrina”, lo que significa que se paga para “adquirir práctica” y “mostrarse” a los productores. Recuerdo también lo que me dijo Abel Carrizo, Director del post grado en Dirección Teatral de la U, de Chile: “cuando las personas tiene experiencia comprobada y continuada, sólo hay que nivelar y acercarse a los maestros, estar un tiempo con ellos”. Cuarenta y un años en el ámbito del teatro, no te define ni como actor, director, diseñador, dramaturgo, si has tenido la suerte de hacer bien todas esas tareas, hay un término que para mí engloba todo: experiencia, consecuencia, innovación y trayectoria, es el de “teatrista” y así quiero que se me recuerde, “he dicho”, última frase que imita el petitorio final de Willy Zegarra.